Erik despertó aún más desconcertado que antes de caer rendido por el cansancio. Había dormido al raso, tal y como hiciera alguna vez cuando era un chaval en la granja en la que se crió. Aunque ahora había intentado convocar al sueño correcto, al que le sacara de aquella encrucijada tan… repentina, ésa era la palabra. Repentina. Se había topado con ella sin aviso alguno, sin contar con los recuerdos necesarios para cruzarla siguiendo el camino correcto.
El joven había observado al detalle lo que rodeaba a aquel inesperado cruce de caminos. Tres sendas diferentes, era como las que se les describe a los niños en los cuentos. Él incluso recordaba alguna u otra leyenda de su pueblo natal relacionada con una encrucijada, pero para cuando le contaban la solución al dilema, su mente ya estaba vagando por sus propios sueños.
Era un paisaje casi irreal. Hierba verde a los lados del camino, unos cuantos árboles flanqueándolo, al fondo se divisaban unas montañas nevadas. Sabía que aquellas montañas eran su destino, pero no conocía cuál de los caminos le proporcionaría la llave que necesitaba.
De nuevo, al abrir los ojos se encontraba desconcertado intentando recordar el sueño que le había visitado aquella noche. Y de nuevo, desde que encontró aquel obstáculo en su camino despertaba con la inquietante ansiedad que le producía la sensación de que había errado en todos y cada uno de los pasos que le habían encaminado a aquella situación. En teoría era fácil, estaba seguro de que todos llevaban a un mismo destino… Pero sólo podía soñar con cosas que ya habían sucedido. Cuando lo normal en él era soñar con cosas que aún estaban por venir, para contar con ellas como recuerdos. No soñar con recuerdos ya acontecidos.
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