lunes, 13 de agosto de 2007

Los Cinco Sellos (3)

Observó de nuevo la zona. Miró el camino por el que había venido mientras intentaba despertarse del todo y rebuscando en su petate encontró la caja en la que guardaba las llaves. Sólo por el tacto reconoció aquella primera llave, estaba siempre tibia, a pesar de ser de acero. Era una llave pequeña, sencilla, una especie de réplica de esas enormes llaves de hierro de las casas antiguas de los pueblos. Aquella también parecía antigua, pero no era de hierro, no estaba ni oxidada, era de un material mate y cálido al tacto, algo áspero. La conocía como la palma de su mano, habían pasado unos quince años desde que la encontrara. Quince años en los que muchas veces se dormía con ella entre las manos, como si aquel pequeño objeto le sirviera de amuleto a la hora de recordar sus sueños.

Después de aquella llave, había encontrado unas cuantas más, todas muy diferentes entre sí. Por ese motivo las había ido guardando en una caja de madera algo destartalada que su padre había dejado de utilizar para guardar los ahorros de la familia. Llaves que en uno u otro momento de su vida le habían abierto diferentes tipos de puertas.

Erik se recostó intentando no malgastar fuerzas, no llevaba demasiadas provisiones para aquel viaje de duración incierta. Se recostó contra el tronco del árbol que le daba sombra e intentó dormir de nuevo para ver si acudía alguno de sus futuros recuerdos a su mente.

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