Desde que despertó a su familia con sus gritos en mitad de la noche, Erik supo que no era como sus demás hermanos. Era raro. Como siempre le habían señalado que era. No recordaba qué le había hecho gritar de aquella manera, pero sabía que no era la manera más normal de empezar a hablar. Hasta los seis años no había pronunciado ni una sola palabra, pero eso no le impidió trabajar en la granja como todos los demás, mudo o no.
Al día siguiente, mientras intentaba rememorar el sueño que había tenido la noche anterior, recibió un fuerte bofetón de su padre antes de ser obligado a salir a los montes para cuidar a los rebaños de cabras, por primera vez. Luego descubrió que pensaron que así se cansaría más y dejaría dormir tranquilamente a la familia en adelante. Aquel primer día en las colinas fue muy extraño, parecía algo irreal y creyó reconocer el camino que llevaba a la zona de pastos del rebaño, pero la zona por la que había jugado desde que tenía uso de razón estaba algo lejos, en otra dirección. Siguió a sus hermanos mientras le enseñaban como pastorear y conducir a las cabras a la zona donde pacían gran parte del día.
Hasta que resbaló. Se había rezagado un poco y sabía, inexplicablemente, que resbalaría, pero continuó avanzando. Era un pequeño barranco, pero intuía que se haría bastante daño si caía. Fue cuando gritó los nombres de sus hermanos, pidiendo ayuda.
Cuando le izaron y le dejaron a salvo, lejos de estar asustado por lo sucedido se mostraba pensativo, haciendo que sus hermanos cruzaran entre ellos extrañas miradas. El pequeño Erik recordaba haber vivido aquella situación, había soñado con aquello, pero en su sueño caía, fue eso lo que le hizo gritar la noche anterior. Al levantarse para continuar con el camino, sus manos toparon con algo pequeño y metálico: una llave. Era extraño que alguien olvidara una llave en aquellos caminos, aún así que se la quedó.
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