sábado, 4 de agosto de 2007

La Espada Roja

I

Cada noche lo revivía en sus sueños. Una y otra vez veía su espada atravesando a sus enemigos, contemplando sin ningún tipo de sentimiento las atrocidades de la guerra. Y una y otra vez, después de los crímenes necesarios del campo de batalla, se veía a sí mismo de nuevo con su espada enrojecida, bañada por la sangre de inocentes. Disfrutando ante la visión de cuerpos de mujeres y niños mutilados por su propia mano. Sintiendo que el corazón saltaba de su pecho emocionado al ver su obra, deleitándose en cada detalle, en cada destello de la sangre fresca. Y lo que cada noche veía en sus sueños tras aquellas escenas era algo que no formaba parte de sus recuerdos. Algo que le inquietaba aún creyéndose a salvo; la presencia ominosa de algo que iba más allá de su entendimiento. Ni cuando luchaba en las filas del Dios de la Luz como paladín de alto rango había sentido la presencia de su Dios tan cercana como la de aquella otra fuente de poder.

Y cada noche y cada día que osaba buscar descanso en un sueño reparador, se despertaba bañado en sudor, consciente de que su intento de huir de aquella presencia tan sombría era inútil, de que cada día que pasaba la sentía más cercana.

Veinte años más al servicio de Ionar, el Dios de la Luz, su penitencia. Y estando cerca del final no veía la luz que se suponía que debía redimirle de sus pecados. Incontables noches de infierno en vida habían hecho del robusto Paladín un tipo de rostro sombrío, deslucida armadura, desvinculada totalmente de la orden a la que había servido como guerrero bendecido y de cuya vida anterior a la penitencia sólo conservaba la espada con la que había cometido sus crímenes. Una espada que antaño había mostrado orgulloso, como uno de los brazos armados de Ionar, la espada de plata… ahora, aún siendo de plata, lucía la hoja enrojecida. Había intentado limpiarla, pero la sangre había penetrado por el metal. Debía ser un castigo de su Dios, Ionar, para que no olvidara.

Pietr seguía el Sendero de Los Penitentes incontables veces al año. Cada viaje al Santuario del Dios de la Luz suponía uno menos para su redención. Había sido sentenciado de aquel modo por el Juez… veinte años atrás. Eran veinte años de idas y venidas por el mismo camino. Partía desde el Templo desde el cual eran requeridos sus servicios como escolta para el penitente y al terminar su ayuda recibía un nuevo requerimiento desde cualquier otra parte del reino y en el menor tiempo que le fuera posible, se trasladaba hasta su nuevo trabajo de penitencia.

Al haber oficiado como Paladín de la Orden antes de cometer sus crímenes el Juez había ideado para él este tipo de penitencia. Escoltaba a los penitentes sin mediar palabra alguna con ellos, salvo las realmente necesarias y sin aceptar pago alguno por los servicios prestados. El Juez Dhemeras había optado por aquel castigo quizás consciente de las sombras que se cernían sobre el Paladín Caído. Aunque Pietr sabía que esas sombras no se disipaban al estar al servicio del Dios de la Luz… como en alguna ocasión había oído en los lamentos de los penitentes a los que acompañaba, no hay luz radiante sin sombra en la que limitarse, ni la más profunda oscuridad sin un punto de luz al que asirse.

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