martes, 7 de agosto de 2007

La Espada Roja III y IV

III

El Sendero comenzaba en las mismas puertas del templo y durante unos cuantos kilómetros estaba marcado con el símbolo de Ionar a los lados del camino. Pero más allá de los campos de labor de la capital, el Sendero era algo que sólo los guías conocían. Era el modo de que los verdaderos penitentes se acercaran a los templos para solicitar los servicios de escolta de Ionar.

«Han decidido comenzar el camino en cuanto llegara su escolta, me han indicado que no les es ingrato llevar a cabo su tarea caminando también por las noches… también solicitan de vos que no os acerquéis demasiado a las villas ni a las ciudades y el Juez Dhemeras ha aprobado esta petición y os ruega que la cumpláis».

Las palabras del monje añadían más misterios a los que ya rodeaban a la extraña pareja. Aquella petición facilitaba bastante su labor, la duración del viaje sería menor si no tenían que pasar por pueblos o ciudades. Sólo le preocupaba que la mujer pudiera soportarlo en sus condiciones.



IV

Las estrellas se extendían por el cielo como un manto protector. Viajarían hasta que el agotamiento hiciera entrar en razón a los penitentes, que caminaban con paso menos resuelto ya, tras él.

Los árboles que bordeaban el Sendero en su comienzo traían viejos recuerdos a su pensamiento. Le habían visto pasar a él en su primer recorrido de penitencia, a solas, hasta el Templo de las Redenciones. Recordaba ahora los árboles a pesar de que al verlos por primera vez aún estaba pendiente de asimilar la prueba de fe que Dhemeras le había obligado a cumplir. Ni aún después de veinte años comprendía el sentimiento que le había impulsado a acercarse al Templo de Ionar… tras el tiempo de penitencia se había preguntado cientos de veces qué le impulsaba a continuar. Muchas veces, mirando las estrellas o mientras afilaba el gastado filo de su espada le asaltaba el deseo de escapar, no sería tan difícil exiliarse en alguno de los reinos fronterizos. Sentía que no había nada que le uniera al credo de Ionar, pues casi todo en su vida estaba lleno de sombras y de un sabor algo acre.

No, la penitencia lo único que había conseguido templar en él había sido su total aislamiento del mundo en el que vivía. Había minado sus posibles aspiraciones a escapar y olvidar en cualquier otro lugar. ¿Había pensado en alguna ocasión que había arrepentimiento en su alma? ¿Qué le había impulsado a matar y luego a buscar el perdón? Eran preguntas inútiles pasados veinte años de su vida… sólo le quedaba cumplir su palabra porque su palabra era lo único que no había perdido aún.

- Detengámonos aquí a pasar la noche… ella no puede continuar así – casi rogó el joven.

La joven apenas podía dar dos pasos seguidos. Llevaban bastante tiempo andando, pero no el suficiente como para que estuviera en un estado tan lamentable. Parecía haber andado durante un día completo sin descanso. Quizás el camino no iba a ser tan rápido como había creído, además, la joven rechazaba insistentemente la ayuda que pudiera prestarle el joven, no permitía que le rozara siquiera. ¿Por qué estarían haciendo el Sendero juntos, pues?

Observó de nuevo las castigadas manos de la mujer y por su mente pasó una fugaz idea acerca del motivo de aquellos extraños cepos. Idea que olvidó justo en el momento en el que sus manos acudieron al rescate de la mujer, que había tropezado y que parecía que iba a caer con el pecho sobre las suyas.

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